junio 14, 2026

Parte 3.b - ¿Me Conoces? Dios, Mi Padre

 


Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro. Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. (1 Juan 3:1-6)

En la parte anterior vimos varios ejemplos de porqué el anhelo de Dios es ser nuestro Padre. Y en esta parte veremos qué función Él cumple en nuestras vidas como nuestro Padre. 

Nuevamente, esta es una característica de Dios que podemos comprender fácilmente viendo a los padres terrenales. Para complementar el devocional hice esta traducción de una hoja de datos hecha por AFPI (American First Policy Institute) que habla de los efectos causados por no tener un padre en la casa. [Puede encontrar el artículo original aquí].





Basados en esta hoja de datos podemos ver una fracción de la importancia de tener un buen padre en la casa. Lo que este estudio no está considerando es el efecto de tener un padre amoroso, presente emocionalmente, proveedor, e involucrado. Tener a un buen padre (o a un mal padre) desde la infancia marca el resto de la vida de una persona. Muchas inseguridades, miedos, problemas para confiar y necesidades de agradar a la gente tienen como raíz los problemas con nuestro padre terrenal. Por ende, tener a un buen padre nos ayuda a tener una mejor autoestima, mejores relaciones sociales, más seguridad emocional y menos estrés. Y si esto es cierto de tener a un padre terrenal, ¡cuánto más importante es experimentar a Dios como nuestro Padre! 

Ya que vimos los efectos negativos de tener a un padre ausente, podemos entender mejor lo que mencionamos en la parte anterior de este devocional: porqué está entretejido el tema de amar al padre con el tema de no pecar. No tener a un buen padre presente nos hace más propensos a cometer pecados. Cuando experimentamos a Dios como nuestro Padre, nuestro espíritu se aquieta, nos sentimos seguros en nuestra identidad y perdemos todo tipo de miedos. Al mismo tiempo, esto nos motiva a no pecar y de hecho queremos agradar al Padre con tanta intensión que huimos del pecado. Y es en este estado que podemos crear una relación íntima con nuestro Padre. Sin embargo, por mucha explicación o mucho estudio que hagamos, nunca vamos a entender lo que es tener a Dios como Padre si no lo experimentamos por nuestra propia cuenta. Y el único que nos puede guiar para tener esta experiencia es Jesús. 

Juan 14:6  Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.

Entonces lo que debemos de hacer es humillarnos, arrodillarnos y pedirle a Jesús que guíe nuestros pasos para dirigirnos hacia el Padre. Y así podremos experimentar todos sus atributos como nuestro Padre. 
Con la intención de motivarnos a hacer esta oración, analicemos algunos de sus atributos como Padre:


→ El Padre define nuestra identidad.
Empecemos por explorar qué es tener identidad. Cuando hablamos de identidad estamos hablando de quién somos, por qué hacemos lo que hacemos, en qué pensamos, y cómo reaccionamos a las circunstancias de nuestra vida. Esto no sólo es como nos perciben y conocen los demás, sino también como nos percibimos e identificamos a nosotros mismos. 

De las primeras partes que recibimos como nuestra identidad, es nuestro nombre. Y aunque nuestra madre y padre escogieron nuestro nombre propio, nuestro apellido tradicionalmente viene directamente de nuestro padre. También antes, en la cultura española, los apellidos de las personas se basaban en el nombre del papá de esa persona. Por ejemplo, al hijo de Fernando se le ponía su nombre propio seguido por Fernandez. Al hijo de Gonzalo se le llamaba su nombre propio y Gonzalez. Pero esto mismo aplicaba en otras culturas también. En inglés, Thomason es hijo de Thomas, Johnson es hijo de John, y Anderson es hijo de Andrew. Lo mismo en la cultura que vemos en la biblia, cada vez que hablan de alguien dicen su nombre propio y en vez de apellido dicen de quién es hijo. Veamos el ejemplo de Josué.

Josue 24:29  Después de estas cosas murió Josué hijo de Nun, siervo de Jehová, siendo de ciento diez años.

Una mente feminista seguramente pelearía en contra de esta tradición, demandando que se identifiquen por el nombre de la madre y no del padre. Pero nosotros lo podemos tomar como otra indicación muy fuerte de porqué tener a un buen papá es sumamente importante en la vida de todos. Tristemente, la mentalidad moderna ha despreciado a los hombres. Los ha hecho de menos. Y se ha elevado a las mujeres por sobre ellos. Pero no nos hemos dado cuenta del daño que esto causa.

Regresando a lo del apellido, volvamos a leer la primera parte del versículo que puse al principio:

1 Juan 3:1  Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él.

Una vez entendemos que en la cultura Bíblica el apellido de los hijos es el nombre del padre, este versículo toma aún más profundidad. En otras palabras, Dios nos quiere dar "su apellido" y todo lo que eso conlleva.

Romanos 8:14-19  Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados. Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. 

→ El Padre corrige nuestro carácter.
Dios nos quiere adoptar como hijos, a pesar de que antes no lo éramos o incluso que lo hayamos rechazado en algún momento (pueden leer la historia del hijo pródigo en Lucas 15:11-32). Y como hijos de Dios, tenemos derecho a entrar en una relación íntima con Él, como nuestro Padre. Tenemos derecho a recibir su herencia. Tenemos derecho a ser glorificados con Él. Pero también hay cosas que se esperan de nosotros, así como se esperan cosas del hijo de un rey. Tanto 1 de Juan 3 (que vimos al principio) como Romanos 8 hablan de la manifestación de los hijos de Dios. Esa palabra en el griego original es apokalypsis, que quiere decir dejar al descubierto, desnudarse, revelar la verdad, aparecerse y alumbrar. Volvamos a leer 1 Juan 3, ya entendiendo esta definición:

1 Juan 3:2-5  Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro. Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él.

El hijo de un rey terrenal recibe autoridad, honra, poder, y también gloria, pero por ser hijo de rey pierde ciertos derechos y libertades. No se puede comportar, vestir, ni siquiera sentar de cualquier forma. Debe portar la misma integridad de su padre para honrar el puesto de su padre, el rey. Lo mismo aplica para los hijos de Dios.

Juan 5:19  Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente.

Juan 12:49  Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar.

Juan 14:10, 20  ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras. ... En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros.

Cuando vemos el puesto de un rey podemos entender la seriedad de esta honra. Pero lo mismo aplica también para cualquier padre y sus hijos. Es el rol de un padre formar a sus hijos, corregir su carácter, y hacerlos hombres honrados e íntegros. 

Proverbios 13:24  El que detiene el castigo, a su hijo aborrece;  Mas el que lo ama, desde temprano lo corrige.

Proverbios 3:9-12  Honra a Jehová con tus bienes,  Y con las primicias de todos tus frutos; Y serán llenos tus graneros con abundancia,  Y tus lagares rebosarán de mosto. No menosprecies, hijo mío, el castigo de Jehová,  Ni te fatigues de su corrección; Porque Jehová al que ama castiga,  Como el padre al hijo a quien quiere.

Hebreos 12:4-11 Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado; y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo:  Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor,  Ni desmayes cuando eres reprendido por él; Porque el Señor al que ama, disciplina,  Y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.

Podemos volver a mencionar, como hablamos en la parte anterior, que el que conoce a Dios, le obedece. Pero no debemos de olvidar que esta obediencia nace de un corazón lleno de amor. Al igual que la disciplina de Dios nace de un corazón lleno de amor. Los que somos padres y madres podemos entender esto perfectamente. Disciplinar a nuestros hijos requiere tener un entendimiento profundo que un momento incomodo es por el bien de ellos, aunque ellos no puedan entender esto hasta que sean más maduros. 


Seguiremos viendo otros atributos del Padre en el siguiente post. Por ahora, meditemos en la postura de nuestro corazón. ¿Estamos abriendo nuestro corazón al amor del Padre y aceptando su disciplina? ¿Estamos honrándolo a Él con nuestro comportamiento y nuestra obediencia? ¿Estamos portando su nombre como Él lo merece? Le pido a Dios que ablande nuestro corazón para que podamos someternos a nuestro Padre y amarlo de este modo.









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